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Las escenas de reconstrucción se han generado con IA a partir de fuentes históricas. No son imágenes de los acontecimientos. La locución es sintética. La música es composición contemporánea compatible generada con IA; el peán, del mismo tipo: así podía sonar, no así lo oían. La trompeta es una reconstrucción informada del timbre. Los mapas y las cifras no son generados: llevan su fuente y su estado en la ficha.
Aquí se cuenta por qué los griegos se quedaron cuando, según Heródoto, la mayoría quería irse; por qué Jerjes metió su flota en el estrecho; y cómo sabemos lo que pasó dentro. Las citas son traducciones propias sobre el griego, y la ficha de reconstrucción recoge cada afirmación con su fuente y su respaldo.
Dónde fue la batalla de Salamina: el estrecho
La batalla de Salamina se libró en el brazo de mar que separa la isla de Salamina del Ática. El estrecho se abre al sureste por dos bocas, separadas por un islote, Psitalea, y al noroeste por un paso angosto hacia Mégara. Al este quedan el Pireo y la bahía de Falero, donde fondeaba la flota persa. Esquilo lo describe como un brazo de mar donde las naves no cabían.
La costa de hoy no es la de entonces. Un estudio del puerto antiguo de Salamina sitúa la de 480 varios metros por debajo del nivel actual, pero nadie ha fijado su trazado. Por eso el mapa del episodio dibuja la costa actual en trazo continuo y la antigua en discontinuo: la primera se conoce y la segunda no. El episodio completo está en el canal de Immortalis Cruor.

Cuántas naves había: las cifras y quién las da
Para la flota griega hay dos cifras. Heródoto cuenta trescientas setenta y ocho naves y dos que llegan después; con la última, una trirreme de Tenos que se pasa desde la flota del rey, su cuenta llega a trescientas ochenta. Esquilo da otra: «diez veces treinta, y diez más aparte», unas trescientas diez.
Para la flota persa, Heródoto y Esquilo repiten la misma cifra, mil doscientas siete naves. Georges Roux, un historiador francés, la llama la cifra «oficial», y nadie la ha podido comprobar.
Aquí se dan las dos cifras griegas con sus nombres, sin elegir entre ellas. Eran barcos de guerra a remo, con espolón de bronce; las trirremes del vídeo están reconstruidas por tipo, porque no se conserva ninguna.
Cuatro voces y ninguna persa
Cuatro voces cuentan la batalla de Salamina, y ninguna es persa. La primera es Esquilo, que en la primavera del 472 a. C., ocho años después, llevó al teatro de Atenas Los persas: en ella, un mensajero persa cuenta en la corte lo que vio al amanecer.
Según Pausanias, seis siglos después, y con reserva, Esquilo combatió en Artemisio y en Salamina, lo que haría de Los persas la única voz de alguien que estuvo allí. Esa voz habla por boca de un persa, y no da un solo nombre griego: ni el de Temístocles ni el de Euribíades.
La segunda es Heródoto, que escribe medio siglo después. Da nombres, disputas y, cuando las hay, dos versiones.
La tercera es Diodoro de Sicilia, cuatro siglos después, que sigue una tradición del siglo IV. Cuenta una batalla más limpia, sin disputas: sin eginetas, sin Psitalea, sin corintios que huyen. Unos historiadores lo tienen por un resumen de otros, y otros le reconocen fuentes propias.
La cuarta es una piedra hallada en Trecén, que se lee al final. Del lado persa no queda ni una línea sobre ella: lo que sabemos de esta batalla lo escribieron sus enemigos.
Por qué los griegos se quedaron en Salamina
Heródoto cuenta que los atenienses embarcaron a sus familias hacia Trecén, Egina y Salamina, y que un pregón pidió a cada uno que salvara a los suyos como pudiera. Los jefes de la flota deliberaban en Salamina cuando llegó la noticia de que los persas habían tomado la Acrópolis y la habían quemado.
Mandaba Euribíades, un espartano. Heródoto cuenta que la mayoría quería navegar al Istmo de Corinto y combatir allí, delante del Peloponeso. El argumento era que, si perdían en Salamina, quedarían cercados en una isla sin socorro posible, y que si perdían en el Istmo cada uno podría volver a su ciudad. Mientras discutían, algunos capitanes corrieron a sus naves e izaron las velas, y los demás decidieron combatir en el Istmo.
Esa noche, cuenta Heródoto, un ateniense llamado Mnesífilo le dijo a Temístocles que, si la flota se dispersaba, ya no habría Grecia por la que combatir. Temístocles fue a la nave de Euribíades y consiguió que reuniera otra vez a los jefes.
Antes de que Euribíades planteara el asunto, Temístocles ya estaba hablando. El jefe corintio, Adimanto, le cortó: en los juegos, a quien sale antes de la señal lo azotan. Temístocles respondió que a quien se queda atrás no lo coronan.
Lo que dijo después, según Heródoto, fue un argumento de terreno: combatir en un estrecho, con pocas naves contra muchas, da la victoria si las cosas salen como es razonable, y en mar abierto la pierde. Adimanto volvió a la carga y pidió que callara quien no tenía ciudad, porque Atenas estaba tomada. Temístocles se volvió a Euribíades:
«Si te quedas aquí, y quedándote, serás un hombre valiente; si no, arruinarás Grecia. Todo el peso de esta guerra lo llevan las naves. Hazme caso.»
— Heródoto 8.62
Euribíades cambió de opinión. En este punto Heródoto hace algo que no hará dentro del estrecho: dice lo que él piensa.
«Con estas palabras de Temístocles, Euribíades se dejó convencer. A mi juicio, lo que le hizo cambiar fue sobre todo el miedo a que los atenienses los abandonaran si llevaba las naves al Istmo; porque sin los atenienses, los demás ya no estaban en condiciones de combatir. Y tomó esta decisión: quedarse allí y librar la batalla.»
— Heródoto 8.63
La mayoría quería irse al Istmo por miedo a quedar cercada en una isla; se quedaron porque, dice Heródoto, Euribíades tuvo miedo de que los atenienses se fueran. No fue una trampa, sino un jefe al frente de una flota de aliados que, según Heródoto, temía que los aliados se marcharan. Diodoro sitúa el consejo en el Istmo y sin disputa; aquí se sigue a Heródoto, con su duda.

Por qué Jerjes decidió combatir en el estrecho
En Falero, cuenta Heródoto, Jerjes bajó a la flota y consultó a los jefes de cada contingente. No preguntó él: Mardonio pasó y preguntó uno a uno. Todos dijeron que había que combatir, todos menos una, Artemisia, reina de Halicarnaso, que mandaba sus propias naves.
«Dile al rey de mi parte, Mardonio, que esto digo yo, que no fui la peor en los combates de Eubea ni la que menos hizo. Señor, es justo que te muestre la opinión que tengo, y que es lo mejor que pienso para tus asuntos: guarda tus naves y no des batalla en el mar. Porque sus hombres son más fuertes que los tuyos en el mar tanto como los hombres lo son que las mujeres.»
— Heródoto 8.68
Artemisia añadió, según Heródoto, que los griegos no aguantarían mucho en esa isla, sin grano, y que si el rey avanzaba sobre el Peloponeso cada uno huiría a su ciudad. Heródoto cuenta también lo que hizo el rey con ese consejo:
«Cuando le llevaron las opiniones a Jerjes, le agradó mucho la de Artemisia; y si ya antes la tenía por valiosa, ahora la alabó mucho más. Aun así, mandó obedecer a la mayoría, convencido de que en Eubea habían combatido mal a propósito porque él no estaba presente. Esta vez él mismo se había preparado para verlos combatir.»
— Heródoto 8.69
Esa es la razón que da Heródoto: todavía no hay trampa, hay un rey que quiere mirar. Esa tarde, según Heródoto, la flota persa salió al mar frente a Salamina y esperó; los griegos no salieron, se hizo de noche y lo dejaron para el día siguiente.
Unos historiadores creen que esta salida duplica el cerco de la noche siguiente, y otros que fue real. Aquí se deja como la cuenta Heródoto.
El mensaje de Temístocles y el cerco nocturno
En Salamina, cuenta Heródoto, volvió el miedo: los peloponesios murmuraban contra Euribíades y, reunidos otra vez, la mayoría votó marcharse al Istmo. Temístocles salió de la reunión y mandó a un hombre en una barca a la flota persa. Se llamaba Sicino y era esclavo de su casa y maestro de sus hijos. Esto es lo que, según Heródoto, dijo a los jefes del rey:
«Me envía el jefe de los atenienses, a escondidas de los demás griegos, porque está de parte del rey y prefiere que venzáis vosotros y no los griegos, para deciros que los griegos, aterrados, planean la huida; y que ahora tenéis ocasión de hacer la mejor de todas las obras, si no dejáis que se os escapen.»
— Heródoto 8.75
Esquilo cuenta lo mismo de otra manera. Sin nombre, sin traición ofrecida y ante el rey en persona:
«Vino un hombre griego del ejército ateniense y le dijo a tu hijo Jerjes esto: que en cuanto cayera la oscuridad de la negra noche, los griegos no se quedarían, sino que, saltando a los bancos de sus naves, cada uno por un lado, salvarían la vida en una fuga secreta. Y él, apenas lo oyó, sin entender el engaño del griego ni la envidia de los dioses…»
— Esquilo, Los persas 355-362
Son dos relatos con distinto destinatario y distinto contenido, y el mismo efecto. Heródoto da el motivo del rey, y Esquilo, su orden:
«Sacaron las naves por esto: para que a los griegos ni siquiera huir les fuera posible, sino que, atrapados en Salamina, pagaran por los combates de Artemisio.»
— Heródoto 8.76
«Que ordenen el grueso de las naves en tres columnas y guarden las salidas y los pasos batidos por el mar; y otras, en círculo, alrededor de la isla de Áyax. Que si los griegos escapan de la muerte hallando alguna huida secreta con sus naves, a todos les costará la cabeza.»
— Esquilo, Los persas 366-371
A medianoche, cuenta Heródoto, el ala del poniente salió y rodeó hacia Salamina, y las naves apostadas junto a Ceos y Cinosura salieron también y ocuparon todo el paso hasta Muniquia. Además, desembarcaron muchos persas en Psitalea, el islote entre Salamina y tierra firme.
Dónde estaba cada escuadra esa noche no se sabe. Ceos no es la isla de ese nombre, y los historiadores dibujan flechas distintas; el mapa del episodio no dibuja ninguna. Que otra escuadra cerrara el paso de Mégara es una hipótesis moderna, y en el mapa va en punteado.

Arístides y la nave de Tenos
Los griegos seguían discutiendo sin saber, dice Heródoto, que estaban cercados. De noche llegó de Egina, en una barca y cruzando entre las naves enemigas, un ateniense desterrado por ostracismo: Arístides, enemigo de Temístocles.
Arístides le pidió hablar aparte y, según Heródoto, le dijo lo que había visto con sus propios ojos: aunque quisieran, los corintios y el propio Euribíades ya no podrían salir, porque estaban rodeados. Temístocles se lo hizo decir a los jefes, y no le creyeron.
Los convenció una trirreme de Tenos que desertaba de la flota del rey y traía la misma noticia. Con ella, Heródoto completa su cuenta de la flota griega: trescientas ochenta naves.
El amanecer y el primer choque: tres versiones
Amaneció. Heródoto cuenta que reunieron a los combatientes de cubierta y que Temístocles habló mejor que nadie; no da sus palabras, solo su asunto: lo mejor frente a lo peor, en la naturaleza y en la condición de los hombres. El amanecer, desde el otro lado, lo cuenta el mensajero de Esquilo:
«Pero cuando el día de blancos caballos cubrió toda la tierra, luminoso de ver, primero un clamor de los griegos, como un canto, resonó de buen augurio, y a la vez, agudo, el eco de la roca de la isla lo devolvió. El miedo cayó sobre todos los bárbaros, fallidos en su juicio: porque no como para huir entonaban entonces los griegos el sagrado peán, sino lanzándose al combate con audaz coraje. Y la trompeta, con su grito, lo encendió todo.»
— Esquilo, Los persas 386-395
«Al momento, al golpe acompasado del remo, batieron a la orden el agua profunda, y pronto todos estaban a la vista. El ala derecha, primero, bien ordenada, iba en cabeza; después salía la flota entera, y se oía a la vez un gran grito: «Adelante, hijos de los griegos: liberad la patria, liberad a vuestros hijos, a vuestras mujeres, los templos de los dioses de vuestros padres y las tumbas de vuestros antepasados. Ahora es el combate por todo.»»
— Esquilo, Los persas 396-405

Heródoto cuenta el primer choque de dos maneras. Esta es la de los atenienses:
«Entonces los griegos sacaron todas las naves, y mientras salían, al punto los bárbaros se les echaron encima. Los demás griegos ciaban y llevaban las naves hacia la orilla; pero Aminias de Palene, un ateniense, saliendo adelante, embistió a una nave. Y como su nave quedó trabada y no podían soltarse, los demás acudieron en ayuda de Aminias, y así trabaron combate.»
— Heródoto 8.84
Los eginetas, sigue Heródoto, cuentan que la primera fue la nave que había ido a Egina a buscar a los Eácidas. Se cuenta también, y Heródoto lo recoge, que apareció una figura de mujer y gritó a los griegos, para que toda la flota la oyera, hasta cuándo iban a seguir ciando.
Son tres versiones del primer choque: una nave ateniense, una nave egineta y, en Esquilo, una nave griega sin ciudad. Aquí se dan las tres, sin elegir.

Dentro del estrecho: lo que Heródoto no puede decir
«Sobre los demás no puedo decir con exactitud cómo combatió cada uno, ni de los bárbaros ni de los griegos.»
— Heródoto 8.87
La fuente que más cuenta de esta batalla dice que no puede contarla con exactitud. Lo que sí cuenta, lo cuenta por episodios.
Heródoto dice que los griegos combatían con orden y en formación, y que los bárbaros ya no tenían formación ni hacían nada con sentido. Heródoto dice también que ese día los persas fueron mejores que en Eubea, porque cada uno creía que el rey lo estaba mirando. El mensajero de Esquilo lo cuenta desde dentro:
«Al principio la corriente del ejército persa resistía; pero cuando la multitud de naves se juntó en el estrecho y nadie podía socorrer a nadie, y ellos mismos se golpeaban con sus espolones de boca de bronce, quebraban toda la armazón de remos.»
— Esquilo, Los persas 412-416
En este punto las voces coinciden. Conviene recordar que Heródoto pudo conocer a Esquilo: cuando coinciden, quizá no son dos fuentes, sino una.
Lo que Heródoto cuenta con detalle es Artemisia. Perseguida por una nave ateniense, embistió a una nave de su propio bando, de Calinda, con el rey de Calinda a bordo, y la hundió; el ateniense la tomó por griega y la dejó ir. Heródoto no sabe si lo hizo a propósito.
Desde el monte, alguien del séquito le dijo al rey que mirara cómo combatía Artemisia; Jerjes preguntó si era ella, y conocían la insignia de su nave. A lo que dijo el rey, Heródoto añade «se cuenta»:
«Mis hombres se han vuelto mujeres, y mis mujeres, hombres.»
— Heródoto 8.88
De la nave de Calinda no sobrevivió nadie que la acusara. Jerjes miraba, según Heródoto, desde la falda del monte que llaman Egaleo, frente a Salamina, con escribas que anotaban el nombre de quien hacía algo notable. Dónde exactamente, no se sabe: Esquilo habla de un alto promontorio junto al mar, y Plutarco, siglos después, recoge dos lugares distintos. Ninguno está fijado.
Queda lo de los corintios. Heródoto cuenta que los atenienses dicen que Adimanto, su jefe, huyó nada más empezar con sus naves, y que una barca lo alcanzó y le dio la noticia de la victoria. Añade que los corintios sostienen que estuvieron entre los primeros en la batalla, y que el resto de Grecia da testimonio a su favor.
Son dos voces, y Heródoto no decide; aquí tampoco se decide. En 1952, el filólogo Labarbe propuso, y lo conocemos a través de Roux, que las naves corintias guardaban la salida hacia Mégara y que los atenienses las vieron alejarse. Es una hipótesis, y así se deja.

Psitalea y la retirada persa
Por la tarde, cuando la flota del rey ya huía hacia Falero, Arístides tomó a los hoplitas atenienses formados en la orilla de Salamina, los llevó a Psitalea y mató a los persas desembarcados allí la noche anterior. Así lo cuenta Heródoto; Plutarco, siglos después, lo pone antes de la batalla, y aquí se sigue a Heródoto. Esquilo dedica a este hecho más versos que a ningún otro:
«Mal conocía el futuro. Porque cuando el dios dio a los griegos la gloria del combate naval, ese mismo día, cubierto el cuerpo con buenas armas de bronce, saltaron de las naves y rodearon toda la isla, de modo que aquellos no sabían adónde volverse. Muchos morían golpeados con piedras lanzadas a mano, y las flechas que caían de la cuerda del arco los mataban; al fin, lanzándose a un solo impulso, golpean, despedazan los miembros de los desdichados, hasta que a todos les quitaron la vida.»
— Esquilo, Los persas 454-464
Al anochecer, los griegos remolcaron a Salamina los restos que quedaban y, según Heródoto, se prepararon para otra batalla, porque creían que el rey volvería a usar las naves que le quedaban. Un viento del oeste arrastró muchos restos hasta una playa del Ática que llaman Colias.
Heródoto dice que Jerjes temía que los griegos fueran al Helesponto a cortar los puentes, que decidió la retirada y que, para ocultarla, fingió construir un dique hacia Salamina con barcos fenicios amarrados. Una noche, por orden del rey, los almirantes sacaron las naves de Falero hacia el Helesponto. Diodoro es el único que da cifras de pérdidas de los dos bandos; están en la ficha de reconstrucción, con su nombre.
El decreto de Temístocles: la piedra de Trecén
La cuarta voz es una piedra de mármol pentélico que está en el Museo Epigráfico de Atenas. Se encontró en Trecén, en el Peloponeso, y se publicó en 1960. Dice ser el decreto por el que Atenas, a propuesta de Temístocles, decidió evacuar la ciudad y embarcar a todos en las naves: es el llamado decreto de Temístocles.
La letra es del siglo III a. C., dos siglos después de la batalla, así que es una copia. Si copia un original de 480 o lo reescribe se discute desde que se encontró: quienes la publicaron la defendieron como auténtica, y hoy la mayoría de los especialistas la tiene por una reescritura del siglo IV.
Sea copia o reescritura, es lo que Atenas quiso recordar de aquellos días cuando ya no vivía nadie que hubiera estado. Su texto griego se puede leer en la base de inscripciones PHI.

De la batalla misma, la tierra no ha devuelto nada. En el puerto antiguo de Salamina, las excavaciones han encontrado muelles de siglos posteriores y una línea de costa varios metros bajo la actual, pero ningún resto de 480. Los trofeos que vio Pausanias no se han identificado.

Preguntas frecuentes sobre la batalla de Salamina
¿Cuándo fue la batalla de Salamina?
La batalla de Salamina se libró en septiembre del año 480 a. C.: la flota persa cerró de noche las salidas del estrecho y entró en él al amanecer. Ocho años después, en la primavera del 472 a. C., Esquilo la llevó al teatro de Atenas en Los persas.
¿Dónde fue la batalla de Salamina?
En el estrecho que separa la isla de Salamina del Ática, abierto al sureste por dos bocas que separa el islote de Psitalea y al noroeste por un paso hacia Mégara. La flota persa fondeaba al este, en la bahía de Falero, y la costa de entonces estaba varios metros más baja.
¿Quién ganó la batalla de Salamina?
La flota griega, al mando del espartano Euribíades y con Temístocles al frente de los atenienses. La flota de Jerjes fue derrotada dentro del estrecho y huyó a Falero; después, según Heródoto, el rey decidió la retirada y sus almirantes sacaron las naves hacia el Helesponto.
¿Por qué los griegos combatieron en el estrecho?
Según Heródoto, la mayoría quería irse al Istmo de Corinto por miedo a quedar cercada en una isla. Temístocles defendió que en un estrecho pocas naves pueden vencer a muchas, y se quedaron porque, dice Heródoto, Euribíades tuvo miedo de que los atenienses se fueran.
¿Cuántas naves había en la batalla de Salamina?
Heródoto cuenta 378 naves griegas y dos que llegan después, hasta 380 con la nave de Tenos; Esquilo da «diez veces treinta, y diez más aparte», unas 310. Para la flota persa, Heródoto y Esquilo repiten 1.207 naves, una cifra que Georges Roux llama «oficial» y que nadie ha podido comprobar.
¿Qué fuentes cuentan la batalla de Salamina?
Cuatro, y ninguna persa: Esquilo, en Los persas, ocho años después; Heródoto, medio siglo después, que da nombres y versiones; Diodoro de Sicilia, cuatro siglos después; y una piedra hallada en Trecén, el llamado decreto de Temístocles. Del lado persa no se conserva ni una línea sobre ella.
¿Qué es el decreto de Temístocles?
Es una inscripción hallada en Trecén y publicada en 1960 que dice ser el decreto con el que Atenas, a propuesta de Temístocles, decidió evacuar la ciudad. La copia es del siglo III a. C.; quienes la publicaron la defendieron como auténtica, y hoy la mayoría la tiene por una reescritura del siglo IV.
Qué se sabe y qué no
Cada afirmación lleva su respaldo y, cuando corresponde, su naturaleza, su controversia y cómo se lleva a imagen. El recuadro más grueso marca lo mejor sostenido; el discontinuo, lo que se discute; el punteado, lo más débil o lo expresivo. Qué significan estos campos.
Ver qué significa cada marca
Naturaleza: Qué tipo de cosa se afirma
- H Hecho
- Un hecho o un acontecimiento: «marcharon toda la noche».
- M Motivación
- Una intención o un estado mental. Nadie ve una intención: casi nunca alcanza el respaldo más alto.
- Q Cita literal
- Un pasaje literal de una fuente identificada, con su referencia.
Respaldo: Cuánto lo sostiene la evidencia
- E2 Testimonio único
- Una sola tradición lo cuenta, sin corroboración independiente.
Controversia: Si hay disputa
- K0 Sin desacuerdo conocido
- Nadie lo discute. El silencio de una fuente no es desacuerdo.
- K1 Las fuentes antiguas divergen
- Los relatos antiguos no cuentan lo mismo, y se cuentan las dos versiones.
- HechoMotivaciónTestimonio únicoLas fuentes antiguas divergen
Heródoto cuenta que la mayoría de los griegos quería irse al Istmo por miedo a quedar cercados en una isla (8.49).
- MotivaciónTestimonio únicoLas fuentes antiguas divergen
Se quedaron porque, dice Heródoto, Euribíades tuvo miedo de que los atenienses se fueran. Heródoto lo da como opinión suya (8.63).
- MotivaciónTestimonio únicoLas fuentes antiguas divergen
Jerjes, según Heródoto, entró en el estrecho para verlos combatir: creía que en Eubea habían combatido mal porque él no estaba presente (8.69).
- MotivaciónTestimonio único
También según Heródoto, sacó las naves para que los griegos ni siquiera pudieran huir (8.76).
- Cita literalTestimonio único
Dentro del estrecho, la fuente que más cuenta de aquella mañana dice: «Sobre los demás no puedo decir con exactitud cómo combatió cada uno, ni de los bárbaros ni de los griegos» (Heródoto 8.87).
Lo que no sabemos
- Dónde estaba exactamente la línea de batalla.
- Cuántas naves había en cada bando: 1.207 persas es la cifra que repiten Heródoto y Esquilo, y que Georges Roux (1974) llama la cifra «oficial»; nadie la ha podido comprobar.
- Si Heródoto leyó a Esquilo.
- Si los corintios huyeron: Heródoto da las dos versiones y no decide.
- Dónde exactamente miraba Jerjes.
- Por dónde iba la costa de 480: el estudio del puerto antiguo de Salamina la sitúa varios metros por debajo de la actual, sin trazado fijado.
- Si el decreto de Trecén transmite un documento de 480: es una copia del siglo III a. C., y la mayoría de los especialistas la considera una reescritura.
Fuentes
Leídas directamente
- Heródoto, Historias VIII. Consultar Texto griego, ed. A. D. Godley (Loeb, 1920-1925), en Perseus, con la traducción inglesa de Godley; traducción castellana de B. Pou (1878; Proyecto Gutenberg 72754).
- Esquilo, Los persas. Consultar Texto griego, ed. H. W. Smyth (1922), en Perseus, con la traducción inglesa de Smyth; traducción castellana de F. S. Brieva (Proyecto Gutenberg 66023).
- Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica XI. Texto griego, ed. C. H. Oldfather, en Perseus (urn:cts:greekLit:tlg0060.tlg001.perseus-grc4). Para XI.19.3, traducción inglesa de G. Booth (1700; ed. Londres, 1814).
- Plutarco, Temístocles y Arístides. Traducción de B. Perrin.
- Tucídides I.73-74. Traducción de R. Crawley.
- Pausanias I.14.5 y I.36.1. Traducción de J. G. Frazer; numeración de Spiro.
- Decreto de Trecén, Museo Epigráfico de Atenas EM 13330. Consultar Texto de Meiggs & Lewis 23 (SEG 22:274; PHI PH291957), con sus signos críticos.
- Roux, G. (1974), «Eschyle, Hérodote, Diodore, Plutarque racontent la bataille de Salamine», Bulletin de Correspondance Hellénique 98/1, pp. 51-94. Consultar Persée. DOI 10.3406/bch.1974.2097.
- Delorme, J. (1978), «Deux notes sur la bataille de Salamine», Bulletin de Correspondance Hellénique 102/1, pp. 87-96. Persée (bch_0007-4217_1978_num_102_1_1998).
- Nikolaou, N. (1982), «La Bataille de Salamine d’après Diodore de Sicile», Revue des Études Grecques 95, pp. 145-156. Persée (reg_0035-2039_1982_num_95_450_1313).
- Jameson, M. H. (1960), «A Decree of Themistokles from Troizen», Hesperia 29/2, pp. 198-223. PDF abierto de la ASCSA (JSTOR stable 147294).
- Jameson, M. H. (1962), «A Revised Text of the Decree of Themistokles from Troizen», Hesperia 31/3, pp. 310-315. PDF abierto de la ASCSA.
- De Bakker, Mathieu (2025), «Rewriting History: the Battle of Salamis (480 BCE)», cap. 3 de van Rookhuijzen, J. Z., Blok y van den Eijnde (eds.), 480 BCE. Reconsidering the Chronological Anchor…, Brill, pp. 72-91. Consultar Acceso abierto, CC BY-NC. DOI 10.1163/9789004746602_005.
- Gottesman, A. (2026), «Who Were the “Exiles for the Ten Years” in the Themistocles Decree?», The Classical Quarterly 75/2, pp. 756-764. Publicado en línea en 2026; acceso abierto, CC BY 4.0 (Cambridge Core).
- Lolos, Y. G. y Simossi, A. (s. f.), «Salamis Harbour Project, 2016-2017. Summary of Results», informe para la Honor Frost Foundation, pp. 1-8, con apéndice de Papatheodorou et al. PDF en honorfrostfoundation.org.
Conocidas a través de otra fuente
- Labarbe (1952), citado por Roux (1974), pp. 54-55 y 72-74.
- Grundy (1897) y Smets (1952), citados por Roux (1974), p. 58 n. 10.
Transcripción del episodio
Leer la transcripción completa
El texto locutado del episodio, tal como suena, con cada cita y su referencia. Las citas son traducciones propias sobre el griego. Cada tiempo abre el vídeo en ese punto.
0:00 · Un testigo que habla por boca de un persa
Atenas, primavera del año 472 antes de nuestra era. En el teatro, ante un público en el que, es de suponer, había hombres que ocho años antes habían estado en la batalla, un mensajero persa cuenta lo que vio al amanecer.
«Pero cuando el día de blancos caballos cubrió toda la tierra, luminoso de ver, primero un clamor de los griegos, como un canto, resonó de buen augurio, y a la vez, agudo, el eco de la roca de la isla lo devolvió. El miedo cayó sobre todos los bárbaros, fallidos en su juicio: porque no como para huir entonaban entonces los griegos el sagrado peán, sino lanzándose al combate con audaz coraje. Y la trompeta, con su grito, lo encendió todo.»
— Esquilo, Los persas 386-395
Lo escribió Esquilo. Pausanias, seis siglos después, cuenta que combatió en Artemisio y en Salamina; es una noticia tardía, y la tomamos con reserva. Si Pausanias acierta, es la única voz de alguien que estuvo allí. Y la pone en boca de un persa.
Ocho años antes, en septiembre del 480, la flota de Jerjes cerró de noche las salidas del estrecho que separa Salamina del Ática, y al amanecer entró en él. Un brazo de mar donde, cuenta Esquilo, las naves no cabían. Por qué entró, y cómo sabemos lo que pasó dentro: de eso va este episodio.
1:35 · El estrecho y las cifras de cada bando
Esto es el Ática. Enfrente, la isla de Salamina. Entre las dos, un estrecho que se abre al sureste por dos bocas, separadas por un islote, Psitalea; y al noroeste, por un paso angosto hacia Mégara. Al este, el Pireo y la bahía de Falero: allí fondea la flota persa. La costa que ves en trazo continuo es la de hoy. La de 480 estaba más baja: un estudio del puerto antiguo de Salamina la sitúa varios metros por debajo del nivel actual. La dibujamos discontinua, porque nadie la ha fijado.
Del lado persa, Heródoto y Esquilo repiten la misma cifra: mil doscientas siete naves. Georges Roux, un historiador francés, la llama la cifra oficial. Nadie la ha podido comprobar.
Atenas está vacía. Heródoto cuenta que los atenienses embarcaron a sus familias hacia Trecén, Egina y Salamina, y que un pregón pidió a cada uno que salvara a los suyos como pudiera. Los jefes de la flota griega deliberan en Salamina cuando llega la noticia: los persas han tomado la Acrópolis y la han quemado.
Cuántas naves había en Salamina. Heródoto cuenta trescientas setenta y ocho, y dos que llegan después. Esquilo, que según Pausanias estaba, dice diez veces treinta, y diez más aparte. Nos quedamos con las dos cifras y con sus nombres. Los barcos que ves en la orilla son barcos de guerra a remo, con espolón de bronce. Los reconstruimos por tipo: no se conserva ninguno.
3:11 · Cuatro voces y ninguna persa
Cuatro voces contaron esta noche. Ninguna es persa.
La primera es Esquilo: ocho años después, en verso, desde el lado persa; no da un solo nombre griego. La segunda es Heródoto, medio siglo después: nombres, disputas, y dos versiones cuando las hay. La tercera es Diodoro de Sicilia, cuatro siglos después, que sigue una tradición del siglo cuarto: cuenta una batalla más limpia, sin discusiones. La cuarta es una piedra, que está en Atenas, y que leeremos al final.
Del lado persa: nada. Ni una línea. Lo que sabemos de Jerjes lo escribieron sus enemigos.
Corrección: de esta batalla, lo que sabemos lo escribieron sus enemigos; de Jerjes hay inscripciones propias. Está en el registro de correcciones de la ficha.
3:53 · Por qué los griegos no se fueron
Anochece en Salamina. Los jefes de la flota se reúnen. Manda Euribíades, un espartano. Heródoto cuenta que la mayoría quiere navegar al Istmo de Corinto y combatir allí, delante del Peloponeso. El argumento es este: si pierden en Salamina, quedarán cercados en una isla, sin socorro posible; si pierden en el Istmo, cada uno podrá volver a su ciudad.
Mientras discuten, llega lo de la Acrópolis. Algunos capitanes corren a sus naves e izan las velas; los demás deciden combatir en el Istmo.
Esa noche, un ateniense llamado Mnesífilo le dice a Temístocles que si la flota se dispersa, ya no habrá Grecia por la que combatir. Temístocles va a la nave de Euribíades y consigue que reúna otra vez a los jefes.
Antes de que Euribíades plantee el asunto, Temístocles ya está hablando. El jefe corintio, Adimanto, le corta: en los juegos, a quien sale antes de la señal lo azotan. Y Temístocles: a quien se queda atrás no lo coronan.
Lo que dice después, según Heródoto, es esto: combatir en un estrecho, con pocas naves contra muchas, da la victoria si las cosas salen como es razonable; en mar abierto, la pierde. Adimanto vuelve a la carga: que calle quien no tiene ciudad, que no se pida el voto de un hombre sin patria. Atenas estaba tomada. Temístocles se vuelve a Euribíades.
«Si te quedas aquí, y quedándote, serás un hombre valiente; si no, arruinarás Grecia. Todo el peso de esta guerra lo llevan las naves. Hazme caso.»
— Heródoto 8.62
Euribíades cambia de opinión. Y aquí Heródoto hace algo que no hará dentro del estrecho: dice lo que él piensa.
«Con estas palabras de Temístocles, Euribíades se dejó convencer. A mi juicio, lo que le hizo cambiar fue sobre todo el miedo a que los atenienses los abandonaran si llevaba las naves al Istmo; porque sin los atenienses, los demás ya no estaban en condiciones de combatir. Y tomó esta decisión: quedarse allí y librar la batalla.»
— Heródoto 8.63
Este es el momento. No una trampa. Un hombre que manda una flota de aliados y que, según Heródoto, teme que los aliados se vayan. Lo que sigue empieza aquí.
Diodoro, cuatro siglos después, cuenta el consejo en el Istmo y sin disputa. Nos quedamos con Heródoto, y con su duda.
6:22 · Por qué Jerjes quiso combatir
En Falero, Jerjes baja a la flota y consulta a los jefes de cada contingente. No pregunta él: Mardonio pasa y pregunta uno a uno. Todos dicen: combate. Todos menos una. Artemisia, reina de Halicarnaso, que manda sus propias naves.
«Dile al rey de mi parte, Mardonio, que esto digo yo, que no fui la peor en los combates de Eubea ni la que menos hizo. Señor, es justo que te muestre la opinión que tengo, y que es lo mejor que pienso para tus asuntos: guarda tus naves y no des batalla en el mar. Porque sus hombres son más fuertes que los tuyos en el mar tanto como los hombres lo son que las mujeres.»
— Heródoto 8.68
Y añade: los griegos no aguantarán mucho en esa isla, sin grano; si el rey avanza sobre el Peloponeso, cada uno huirá a su ciudad.
Heródoto cuenta lo que hizo el rey con ese consejo.
«Cuando le llevaron las opiniones a Jerjes, le agradó mucho la de Artemisia; y si ya antes la tenía por valiosa, ahora la alabó mucho más. Aun así, mandó obedecer a la mayoría, convencido de que en Eubea habían combatido mal a propósito porque él no estaba presente. Esta vez él mismo se había preparado para verlos combatir.»
— Heródoto 8.69
Esa es la razón que da Heródoto. Todavía no hay trampa. Hay un rey que quiere mirar. Esa tarde la flota persa sale al mar frente a Salamina y espera; los griegos no salen. Se hace de noche, dice Heródoto, y lo dejan para el día siguiente. Hay historiadores que creen que esta salida duplica el cerco de la noche siguiente; otros, que fue real. Lo dejamos como lo cuenta Heródoto.
8:05 · El mensaje de Temístocles y el cerco de noche
En Salamina, cuenta Heródoto, vuelve el miedo: los peloponesios murmuran contra Euribíades y, reunidos otra vez, la mayoría vota marcharse al Istmo.
Temístocles sale de la reunión y manda a un hombre en una barca a la flota persa. Se llama Sicino; es esclavo de su casa y maestro de sus hijos. Esto es lo que, según Heródoto, dijo a los jefes del rey.
«Me envía el jefe de los atenienses, a escondidas de los demás griegos, porque está de parte del rey y prefiere que venzáis vosotros y no los griegos, para deciros que los griegos, aterrados, planean la huida; y que ahora tenéis ocasión de hacer la mejor de todas las obras, si no dejáis que se os escapen.»
— Heródoto 8.75
Esquilo cuenta lo mismo sin nombre, sin traición ofrecida, y ante el rey en persona.
«Vino un hombre griego del ejército ateniense y le dijo a tu hijo Jerjes esto: que en cuanto cayera la oscuridad de la negra noche, los griegos no se quedarían, sino que, saltando a los bancos de sus naves, cada uno por un lado, salvarían la vida en una fuga secreta. Y él, apenas lo oyó, sin entender el engaño del griego ni la envidia de los dioses…»
— Esquilo, Los persas 355-362
Dos relatos. Distinto destinatario, distinto contenido, el mismo efecto.
Heródoto da el motivo. Esquilo, la orden.
«Sacaron las naves por esto: para que a los griegos ni siquiera huir les fuera posible, sino que, atrapados en Salamina, pagaran por los combates de Artemisio.»
— Heródoto 8.76
«Que ordenen el grueso de las naves en tres columnas y guarden las salidas y los pasos batidos por el mar; y otras, en círculo, alrededor de la isla de Áyax. Que si los griegos escapan de la muerte hallando alguna huida secreta con sus naves, a todos les costará la cabeza.»
— Esquilo, Los persas 366-371
A medianoche, cuenta Heródoto, el ala del poniente sale y rodea hacia Salamina; las naves apostadas junto a Ceos y Cinosura salen también, y ocupan con sus naves todo el paso hasta Muniquia. Y desembarcan muchos persas en Psitalea, el islote entre Salamina y tierra firme.
Dónde estaba cada escuadra esa noche no lo sabemos. Ceos no es la isla de ese nombre, y los historiadores dibujan flechas distintas. Nosotros no dibujamos ninguna.
10:27 · Arístides y la nave de Tenos
Los griegos siguen discutiendo. No saben, dice Heródoto, que están cercados. De noche llega de Egina, en una barca, cruzando entre las naves enemigas, un ateniense desterrado por ostracismo, Arístides. Es enemigo de Temístocles. Le pide hablar aparte y le dice lo que ha visto con sus propios ojos: aunque quieran, los corintios y el propio Euribíades ya no podrán salir; están rodeados. Temístocles se lo hace decir a los jefes. No le creen.
Hasta que una trirreme de Tenos, que deserta de la flota del rey, lo confirma. Con ella, Heródoto completa su cuenta: trescientas ochenta naves.
11:10 · El alba: tres versiones del primer choque
Amanece. Heródoto cuenta que reúnen a los combatientes de cubierta y que Temístocles habla mejor que nadie; no da sus palabras, solo su asunto: lo mejor frente a lo peor, en la naturaleza y en la condición de los hombres. Lo que sigue lo cuenta el mensajero de Esquilo.
«Al momento, al golpe acompasado del remo, batieron a la orden el agua profunda, y pronto todos estaban a la vista. El ala derecha, primero, bien ordenada, iba en cabeza; después salía la flota entera, y se oía a la vez un gran grito: «Adelante, hijos de los griegos: liberad la patria, liberad a vuestros hijos, a vuestras mujeres, los templos de los dioses de vuestros padres y las tumbas de vuestros antepasados. Ahora es el combate por todo.»»
— Esquilo, Los persas 396-405
Heródoto lo cuenta así, y de dos maneras.
«Entonces los griegos sacaron todas las naves, y mientras salían, al punto los bárbaros se les echaron encima. Los demás griegos ciaban y llevaban las naves hacia la orilla; pero Aminias de Palene, un ateniense, saliendo adelante, embistió a una nave. Y como su nave quedó trabada y no podían soltarse, los demás acudieron en ayuda de Aminias, y así trabaron combate.»
— Heródoto 8.84
Eso dicen los atenienses. Los eginetas cuentan que la primera fue la nave que había ido a Egina a buscar a los Eácidas. Y se cuenta también, y Heródoto lo recoge, que apareció una figura de mujer y gritó a los griegos, para que toda la flota la oyera, hasta cuándo iban a seguir ciando.
Tres versiones del primer choque: una nave ateniense; una nave egineta; en Esquilo, una nave griega sin ciudad. Nos quedamos con las tres.
12:56 · Lo que Heródoto no puede decir
«Sobre los demás no puedo decir con exactitud cómo combatió cada uno, ni de los bárbaros ni de los griegos.»
— Heródoto 8.87
Es Heródoto. La fuente que más cuenta de esta batalla dice que no puede decirlo. Lo que sí cuenta, lo cuenta por episodios.
Dice que los griegos combatían con orden y en formación, y que los bárbaros ya no tenían formación ni hacían nada con sentido; y dice también que ese día los persas fueron mejores que en Eubea, porque cada uno creía que el rey lo estaba mirando.
El mensajero de Esquilo lo cuenta desde dentro.
«Al principio la corriente del ejército persa resistía; pero cuando la multitud de naves se juntó en el estrecho y nadie podía socorrer a nadie, y ellos mismos se golpeaban con sus espolones de boca de bronce, quebraban toda la armazón de remos.»
— Esquilo, Los persas 412-416
Aquí coinciden las voces. Y aquí conviene recordar que Heródoto pudo conocer a Esquilo. Dos relatos; quizá un solo testigo.
Lo que Heródoto cuenta con detalle es Artemisia. Perseguida por una nave ateniense, embiste a una nave de su propio bando, de Calinda, con el rey de Calinda a bordo, y la hunde. El ateniense la toma por griega y la deja ir. Heródoto no sabe si lo hizo a propósito. Desde el monte, alguien del séquito dice: señor, mira cómo combate Artemisia. Jerjes pregunta si es ella; conocen la insignia de su nave. Y el rey dice, y Heródoto añade «se cuenta»:
«Mis hombres se han vuelto mujeres, y mis mujeres, hombres.»
— Heródoto 8.88
De la nave de Calinda no sobrevivió nadie que la acusara.
Jerjes mira desde la falda del monte que llaman Egaleo, frente a Salamina, con escribas que anotan el nombre de quien hace algo notable. Dónde exactamente, no se sabe: Esquilo dice un alto promontorio junto al mar; Plutarco, siglos después, recoge dos lugares distintos. Ninguno está fijado.
Cuando unos fenicios que han perdido su nave acusan a los jonios de traición, el rey acaba de ver a una nave de Samotracia hundir una ateniense y abordar una egineta. Manda decapitar a los acusadores, para que, dice Heródoto, no calumniaran a quienes valían más que ellos.
Y luego está lo de los corintios. Heródoto cuenta que los atenienses dicen que Adimanto, su jefe, huyó nada más empezar con sus naves, y que una barca lo alcanzó y le dio la noticia de la victoria. Y añade que los corintios sostienen que estuvieron entre los primeros en la batalla, y que el resto de Grecia da testimonio a su favor.
Dos voces. Heródoto no decide. Nosotros tampoco. Un filólogo propuso en 1952 que las naves corintias estaban guardando la salida hacia Mégara y que los atenienses las vieron alejarse; es una hipótesis, y así la dejamos.
15:57 · Psitalea y la retirada persa
Por la tarde, cuando la flota del rey ya huye hacia Falero, Arístides toma a los hoplitas atenienses formados en la orilla de Salamina, los lleva a Psitalea y mata a los persas desembarcados allí la noche anterior. Plutarco, siglos después, lo pone antes de la batalla; seguimos a Heródoto. Esquilo dedica a este hecho más versos que a ningún otro.
«Mal conocía el futuro. Porque cuando el dios dio a los griegos la gloria del combate naval, ese mismo día, cubierto el cuerpo con buenas armas de bronce, saltaron de las naves y rodearon toda la isla, de modo que aquellos no sabían adónde volverse. Muchos morían golpeados con piedras lanzadas a mano, y las flechas que caían de la cuerda del arco los mataban; al fin, lanzándose a un solo impulso, golpean, despedazan los miembros de los desdichados, hasta que a todos les quitaron la vida.»
— Esquilo, Los persas 454-464
Al anochecer, los griegos remolcan a Salamina los restos que quedan y se preparan para otra batalla: creen que el rey volverá a usar las naves que le quedan. Un viento del oeste arrastra muchos restos hasta una playa del Ática que llaman Colias.
Heródoto dice que Jerjes teme que los griegos vayan al Helesponto a cortar los puentes, que decide la retirada y que, para ocultarla, finge construir un dique hacia Salamina con barcos fenicios amarrados. Una noche, por orden del rey, los almirantes sacan las naves de Falero hacia el Helesponto.
Diodoro es el único que da cifras de pérdidas de los dos bandos; las dejamos en la ficha, con su nombre.
17:31 · Las cuatro voces, otra vez
Volvamos a las voces.
Esquilo, si estuvo allí como dice Pausanias, escribió ocho años después, para un público en el que es de suponer que había quien también estuvo, y no nombra a un solo griego: ni a Temístocles, ni a Euribíades. Heródoto escribió medio siglo después, y da nombres, versiones y disputas; pudo haber leído a Esquilo, así que cuando coinciden no tenemos dos testigos, sino quizá uno. Diodoro, cuatro siglos después, cuenta una batalla sin disputas: sin eginetas, sin Psitalea, sin corintios que huyen; unos historiadores lo tienen por un resumen de otros, y otros le reconocen fuentes propias. Y del lado persa no hay una sola línea.
Por eso, en este episodio, cada cifra lleva el nombre de quien la dio.
18:22 · La piedra de Trecén
Esta piedra está en el Museo Epigráfico de Atenas. Es de mármol pentélico. Se encontró en Trecén, en el Peloponeso, y se publicó en 1960. Dice ser el decreto por el que Atenas, a propuesta de Temístocles, decidió evacuar la ciudad y embarcar a todos en las naves.
La letra es del siglo tercero antes de nuestra era: dos siglos después de la batalla. Si copia un original de 480 o lo reescribe, se discute desde que se encontró: quienes la publicaron defendieron que era auténtica; hoy la mayoría de los especialistas la tiene por una reescritura del siglo cuarto. Sea copia o reescritura, es lo que Atenas quiso recordar de aquellos días cuando ya no vivía nadie que hubiera estado.
De la batalla misma, la tierra no ha devuelto nada. En el puerto antiguo de Salamina, las excavaciones han encontrado muelles de siglos posteriores y una línea de costa varios metros bajo la actual; ningún resto de 480. Los trofeos que Pausanias vio no se han identificado.
19:27 · Lo que sabemos y lo que no
La mayoría de los griegos quería irse al Istmo por miedo a quedar cercados en una isla; se quedaron porque, dice Heródoto, Euribíades tuvo miedo de que los atenienses se fueran. Jerjes, según Heródoto, entró en el estrecho para que los griegos no pudieran huir, y para verlo él. Dentro, la fuente que más cuenta de aquella mañana dice que no puede decir con exactitud cómo combatió cada uno. Y lo que quedó escrito en piedra lo escribió Atenas dos siglos después.
Lo que no sabemos: dónde estaba la línea, cuántos eran, si Heródoto leyó a Esquilo, y si los corintios huyeron.
Esta reconstrucción está generada con inteligencia artificial sobre lo que las fuentes permiten. La ficha, con cada afirmación y su respaldo, está en immortaliscruor.com.